6.3.07

Ahora que vuelvo a ser ruina que se acaba, con un pie en el estribo de la lluvia y otro sin querer salir de casa, voy a hablarles de las ruinas de la infancia. Abajo el culteranismo estético, abajo el tribunal de La Haya, abajo el amor que no cala los huesos. Arriba la Republica Invisible, arriba el mercurio del termómetro, arriba el coche de Carrero. Que enfangue de banderas y de himnos, qué temario más pesado y difícil, qué Suzhou más lejano y secreto. De chico me recuerdo arriba de las escaleras con la bici pensando: “Desde aquí te caes con la bici y te abres la cabeza”. Lo siguiente que recuerdo es estar en el suelo sangrando, con la bici encima de mí y mis padres corriendo. One more cup of coffee for the road, one more cup of coffee 'fore I go to the valley below. Esas escaleras estaban en el barrio Bilbao, en Emilio Ferrari street. Concretamente, al final. Tengo una foto de un verano con cinco o seis años bañándome en un barreño en la calle. Tan a gusto. Mi amigo Agus me mira porque luego sabia que iba él al barreño, y yo me río porque el agua estaba seguramente cálida. Se sacaba el barreño por la mañana y el sol daba cuenta de ella. También íbamos a la fuente a por agua, los mayores delante y detrás los pequeños con botijos de plástico. Se preguntarán ustedes si en las casas no había agua y la verdad no es que no lo quiera poner, es que no me acuerdo. Todavía había en esa corrala de casas el sentir de pueblo y las madres salían por la noche con la silla a la puerta a comentar lo bien que le vendría a la sociedad un programa como “redes” de Eduardo Punsset, pero entonces todavía no teníamos tele. Mi tía vivía en la casa de al lado y yo me levantaba corriendo cuando oía la puerta, señal de que mi tío se iba a trabajar por la mañana. Él siempre me dejaba un buchito de café negro en una taza de latón que yo absorbía e inmediatamente me volvía a mi casa y a mi cama. Años después recuerdo cuando mi padre me cogía envuelto en mantas y me llevaba a dormir a casa de esa tía porque mis padres se iban al hospital a las consultas de mi madre. A todo esto, este blog es un milagro. Ya les dije en alguna ocasión que mi madre estuvo siempre enferma, motivo por el que no podía tener hijos. “Recen lo que sepan”, fue la receta del doctor. Afortunadamente para mí, mi madre me duró para criarme. Hoy me sigue criando mi padre. Mi tía, ésa que les digo que era mi vecina, tenía una gata. “Isabelita”. Esa gata debe ser hoy una santa en el mundo misifu. Desde cogerla del rabo y arrastrarla, a portarla en el volquete del triciclo por las malas, la gata aguanto todas las putadas del autor, sin asomarle jamás una uña. Ni una mala colleja de mi tía. Collejas sí que vi; el día que me perdí en el Comi por navidad y me tuvo que traer el rey Baltasar al patio. Hoy, con los móviles, eso no habría pasado. Delante de la biblioteca donde estudio, llevan meses removiendo la tierra. Resulta que a la hora de urbanizar la entrada y levantar un pequeño parque se han encontrado unas enormes vigas, bloques de piedra y cimentación varia que no permite excavar. Son los restos del Canódromo de Canillejas, justo detrás de la nueva Junta Municipal. Aparecen los restos de un trozo de mi infancia en un sitio que ahora vuelvo a frecuentar. Al poco de llegar al piso de San Blas (de éste me acuerdo perfectamente que tiene agua desde el primer día) empezaron a construir ese estadio para que los perros corrieran detrás de señuelos de hierro y los vecinos tuviéramos un entretenimiento nuevo. No había, que yo recuerde, otro canódromo en Madrid. Venía gente de toda la ciudad a ver las carreras y a hacer sus apuestas. Había que madrugar el domingo para coger sitio en la grada. Era gratis. Lo único que costaba dinero era apostar y nosotros sólo hemos sido aficionados a las apuestas físicas (ya se imaginan -¿Cómo que no tengo yo cojones de beberme la botella de vino?), con lo cual mi padre y yo todos los domingos nos íbamos andando a ver a los galguitos correr. El caso es que las carreras tuvieron un momento de gloria y apogeo en esos ochenta. Después vendrían el auge de las carreras de caballos, pero la Zarzuela nos quedaba muy lejos y dudo que allí nos dejaran entrar gratis. Digamos que es otra clase de deporte. A finales de los ochenta los galguitos se cansaron de correr en círculo. Las apuestas no daban para mantener el edificio y el público se cansó del canódromo. Cuando los aficionados a los perros se cansaron, el edificio se quedó para los aficionados al caballo en un vuelco del destino que el futuro tenia reservado al barrio. De las tapias rotas del canódromo salían fantasmas morenos con las órbitas de los ojos hundidas y los brazos como un colador. Aquí en San Blas también hemos sido muy aficionados siempre al caballo. La generación anterior a la mía sobre todo. De algo de eso nos aprovechábamos los más jóvenes, eso te daba un prestigio. Cuando empezabas a salir por Madrid y entrabas a las primeras chavalas, el rictus siempre les cambiaba al explicarlas donde vivías. Había… Yo que sé… Digamos que un respeto. (Coño, mira en “Madrid Directo” hay ahora un reportaje sobre los Toxicómanos en la calle Amposta! y es que en San Blas nos gusta conservar las tradiciones…). Creo que a primeros, quizás a mediados de los 90, el canódromo fue derribado para respiro del barrio. Sobre sus ahora resucitados cimientos se levanta la biblioteca publica “José Hierro”. Justo delante del bar donde como una vez a la semana con Claude y con Barrabaso. Donde de pequeño disfruté viendo correr a los animales y friendo a mi padre a preguntas tipo “¿y por que no la coge, papa?”. Ahora voy a estudiar y a leer el Rolling Stone cuando no estudio. Me gustaría cerrar los ojos un día en el pupitre y abrirlos sentado en las gradas de cemento del Canódromo.

3 comentarios:

Barrabaso dijo...

Qué subirse a la infancia en patinete! Qué gran poeta de San Blas! Qué hijo agradecido a la crianza!Qué bien tetado y destetado! Viva tu padre y tu madre!

Ahora la moda es cuestionar a los viejos con peroratas y programas conductistas del bien hacer. Yo (perdón por la inmodestia) soy técnico de menores y me cago en todo eso, como tú Valentín agradezco las ostias que me dió mi padre, tanto como los vinos y el fútbol que me hizo disfrutar. La vida que me decidieron dar mi madre y él y la poca o mucha hombría que me queda se la debo a ellos. La honradez que tengo es por no decepcionarlos y si los juzgo en un descuido, me muero de pena y vergüenza a la vez.

Otra lección de historia amigo, otra lección de vida.

Un abrazo.

Claude Lacombe dijo...

Como decíamos cuando teníamos esa edad..."¡Jóbar!"

Anónimo dijo...

Yo también viví y crecí en San Blas en la F y sí, los domingos también iba a Canillejas al Canódromo. Recuerdo que para al menos no perder casi nada debías de apostar a los favoritos (los ponían en unos papelitos muy simples que te daban al entrar como dices todo gratis salvo las apuestas). Qué grandes mañanas aquellas y qué buen rato he pasado leyendo tu historia.