
Me escriben
en tu nombre y hago caso. Me escriben pidiéndome dinero y se lo doy. No era
dinero para pagarte el viaje de vuelta a casa, que sería lo justo. Lo pedían
para ponerte guapa y que siguieras donde estabas. Dando gusto y sensaciones a
la Europa blanca. Dando tremolo y réditos en merchandaising a tus raptores.
Confieso que yo también he aportado. Que he puesto en esa cuenta parte de mi
sueldo. Porque por encima de todas las cosas te quiero. Te amo desde la primera
vez que vi tu foto. Me volví loco cuando te conocí de verdad al fondo del todo,
solitaria y lejos de tu paisana Venus que por lo menos está acompañada. Tú
egregia y magna allí en la Daru. Reinando en todo el Louvre, Samotracia extraña
que San Pablo admiró.
Me dicen que
han repuesto plumas de tus alas, que vaya a verte, que con mi dinero han visto
que un día fuiste azul. No he visto azul más puro que el Egeo, ese que veo cuando
miro los ojos de Helena. Aquí en esta hoja a la derecha, se pide que te dejen
volver, que sois griegos tú y tus compañeros, secuestrados en Londres, Berlín y
Paris. Que apesar de la pobreza y de la pena, tus compatriotas os han hecho una
casa a sol y fuego. Una casa que os espera cuanto lo quieran demorar.
Quizás deberíamos vaciar los museos, dejarte allí sola, negarnos a verte. Ni
consumidores, ni turistas ni mecenas. Amantes perennes de tu magnitud.