25.9.07

Golpe a la patronal

Cuando cayó en mis manos la invitación al acto, supe que había llegado el momento. Tantos años de militancia en el Partido Comunista se habían convertido en una especie de asociacionismo en un club de compadreo con el capital, cuya máxima ocupación era trabajar pegando carteles en vísperas electorales para poder sacar diputado más, diputado menos, que sirviera de pedigrí social al gobierno para aprobar los presupuestos generales de el estado. Tras mi paso fugaz por organizaciones anarquistas de medio pelo, cuya idea de la acción directa se reducía a poner notas en los parabrisas de los BMW, mis 2 amigos y yo decidimos reconducir la idea de nuestro grupo de intervenciones artísticas en el arte no comercial, hacia intervenciones no tan artísticas pero más efectivas, que no solo tuvieran repercusión en revistas de Arte contemporáneo sino en la prensa internacional. La ocasión era única. Entrada asegurada a un acto donde ocuparían el estrado los máximos gerifaltes de la CEOE perfectamente alineados a escasos metros.
Días antes de nuestra asistencia al acto, estuvimos estudiando el edificio en su exterior, la manzana de calles y los edificios colindantes. Calle Diego De León, numero 50. Perfecto. Daba a esquina con Príncipe de Vergara y a 2 manzanas, el Hospital De La Princesa donde hacia años me operaron de máximo. El objetivo seria alcanzar Francisco Silvela a pie y allí montar en coche y perdernos por los túneles de los bulevares hasta alcanzar O´Donell. Las pistolas son fáciles de conseguir en mi barrio. No de un dia para otro como los aparatos de música de los coches o x gramos de farlopa, pero si en el plazo máximo de una semana. El tiempo que tardaron en traérnoslas. 150 por pieza no es un precio caro cuando se habla de armamento que se hará famoso. Con ellas en la cintura fuimos varias noches en mi coche al páramo que aun separa San Blas de Moratalaz cerca del cementerio. No solíamos fallar objetivos, ni cuando soltamos el gato de mi vecina y le azuzamos para que corriera campo a través. Objetivo pequeño y en movimiento, los tres le acertamos a 50 metros. En Diego De León 58 hay un bar que se llama DASER. Allí conversamos y atamos cabos la noche anterior. Todo estaba asegurado. Lo que se preveía como un tranquilo acto de presentación de un libro, casi un homenaje el pionero que comenzó los negocios internacionales con el inmenso mercado del mundo, se iba a convertir en el mayor atentado contra una clase en la historia de España. Fumamos mucho pero no bebimos más que refrescos, aun así de camino a casa hubo animo para entonar “Bandiera Rossa”.

La mañana de la acción me levante muy temprano. Abrí un cajón de mi mesilla y destape del tarro de oraldine los viejos “brackers” que años antes habían corregido mis dientes en la dirección correcta como para que unas cuantas hayan querido dormir conmigo. Los volví a limpiar cuidadosamente y con pasta corega-ultra me los fui colocando uno a uno en los dientes. Pase entre ellos un pequeño alambre como hace lustros hizo la primera mujer a la que dedique un poema. La doctora Begoña Wucherpfenning. Al ponerme los últimos brackers en la muelas tuve que cortar el alambre con un alicate y aplicarle una buena dosis de vaselina aunque sabia que más pronto que tarde me acabarían rozando y sangrando las paredes interiores de la boca. No comí nada en todo el dia puesto que no creo que el frágil fijador y los alambres soportaran el más mínimo paso de un cepillo de dientes.

A Las 6 mis camaradas ya estaban en el DASER. Yo llevaba las 3 pistolas pegadas con espadatrapo al torso. Seria yo quien las pasaría y al que los guardias pararían al sonar el escáner que registra los metales. Ellos pasaron los primeros con las invitaciones escupidas por mi impresora hacia unas horas y al entregar la mía las barras detectoras comenzaron a emitir un pitido característico. Al acercarse los guardias jurados me abrí la americana de lino blanco y solté una mueca estudiada al milímetro en el espejo. -¡Ya, los brackers! Sonreí mientras abría la boca y enseñaba los dientes de reflejos metálicos. Sonrieron también los esbirros mientras me indicaban la dirección del ascensor que conducía al salón de actos. Al salir del ascensor buscamos unos lavabos donde no sin hacerme una depilación sin cera, nos repartimos las Barettas.


Éramos los primeros en llegar. 3ª fila, pasillo exterior, muy cerca de la puerta. Estábamos solos aun cuando apareció Juan Jiménez de Aguilar. La vieja momia retrasada mental ya no estaba en la cúpula de la organización, pero no se sabe como apareció por allí, prensa salmón en mano, y como no había nadie aun nos saludo cordialmente. –Buenas tardes, jóvenes. Estuve a punto de descargarle el cargador en ese momento. Lo pensé dos veces y no puse en peligro la operación y la huida. Poco a poco los invitados fueron ocupando las rancias butacas donde se votaron a la búlgara las políticas que hicieron, que el crecimiento de el país se supedite a sus ganancias desde los pactos de La Moncloa. A las 7 y 10 comenzó el acto. Garriges Walker, Lamo De Espinosa… Solo faltaba Cuevas. Hubiera permitido que me corrieran allí mismo si hubiera tenido una sola oportunidad de disparar a José Maria Cuevas. El amigo de Antoñito Gutiérrez (el guapo) y de Cándido, el amigo de “El Medico”. A las 7:30, mientras Sacco se levantaba y encañonaba al auditorio de unas 100 personas, Vanzetti vaciaba el cargador automático sobre todas las cabezas de la mesa de honor. Hice una parábola para no tirar sobre el representante chino y sobre el autor del libro, cuyo apellido me sonaba y podía ser familiar de la persona que me había invitado. Rara invitación después de tanto tiempo sin comunicarnos, iba a tener noticias de mi presencia segura en el acto seguramente por el canal internacional de televisión española, o si no se cogia, por la misma prensa china. Al mirar a Sacco para indicarle que mi trabajo ya había concluido, pude ver en el la butaca contigua a la suya a mi amigo Nicolás Castejón. Estuve tentado de llamarle durante toda la semana para recomendarle que no asistiera al acto. Le pensaba citar para invitarle a unas cañas en La Latina y luego dejarlo tirado. Seria una putada que se quedara toda la tarde esperándome en “El Café Del Viajero”, pero aun seria mayor la faena si a Sacco se le escapa uno de los tiros al techo contra mi amigo.


Durante el segundo en el que nuestra vista se cruzó, tuve tiempo de guiñarle un ojo y de indicarle que siguiera tendido en el suelo. Al empezar a acelerar hacia la salida del salón, oímos que Malatesta, ya había comenzado a despejar el camino. Debajo del mismo marco de la puerta disparaba a los jurados que doblaban la esquina del pasillo. Con la sangre del estrado llegando al patio de butacas, salimos a la izquierda del salón buscando la escalera de incendios. Nadie nos seguía. Llevábamos con nosotros 3 rehenes a los que encerramos en un despacho del 4º piso tras habernos cambiado la ropa con ellos. En la 9 planta ya teníamos puestos los tablones de andamio que nos harían cruzar la calle General Pardiñas, tras haber saltado las azoteas de los edificios colindantes a la sede patronal. Los alumnos de Wucher habían cumplido su misión media hora antes. Exactamente por los mismos tablones sorteamos Díaz Porlier. Ya en la azotea de “La Princesa” tuvimos tiempo de echarnos un cigarro, mientras nos volvíamos a cambiar de ropa y nos poníamos pijamas de enfermos. En Diego De León ardía en sirenas de ambulancia y de policía, mientras se acordonaba la zona. Pegamos los tablones a la balaustrada de la cornisa mientras los primeros vecinos miraban la azotea. Rápidamente empezamos a bajar escaleras hasta reintegrarnos a la vida hospitalaria yo en la 7ª, Sacco, en la 5ª, y Malatesta en la 2ª. Sacco fue detenido a 10 pasos del hospital por empeñarse en salir por la misma Diego De León y no caer en el pequeño detalle de volverse a cambiar de ropa. Yo salí por Conde De Peñalver donde recordaba las urgencias. Me cambien en un vox tranquilamente. Enfile hacia Francisco Silvela fumando un cigarro tras otro. Arranque mi coche cerca de Manuel Becerra y lo metí en un garaje de Vallecas. Escribo desde el chalet de la novia de un amigo. Puedo ver el mar cuando me asomo por la noche. Espero a Malatesta.
No creo que Sacco cantara.

5 comentarios:

Luis Ponce dijo...

Diego de Leon 50¿ no vive Iriarte en el portal de al lado? cuando actuara el frente de acción violenta pro dylaniano?

La Gran dijo...

Simplemente brillante. Sí, ése es el adjetivo. Caramba, Valen, te sacas conejos de la chistera como el Màgic Andreu. Lo mejor es que el bar está en el número 58. Brillante.

trentoirredento dijo...

Dan ganas de cerrar el blog. Por lo menos de cambiarle la configuración y no permitir comentarios. Después de pasar por aquí Don CISCO FRAN, no se puede llegar más arriba con estos chismes.




Por cierto. Don Marcelo, el autor del libro este que se presenta el día 4, me manda 3 emails diarios con la propaganda-anda-anda-anda y la invitación-ón-ón-ón, para su asistencia. O no lee mi blog y no sabe la que se va a liar, o quiere muy mal a los patronos de la ceoe.

Luis Ponce dijo...

la gran...la gran esperanza blanca! es cisco? que mito del rock and roll!

trentoirredento dijo...

Me siguen llegando 4 mensajes diarios de Don Marcelo al correo electrónico!!!
Sin duda ha leído mi cuento y ha dicho
-Ah si, eh! Pues te vas a enterar.
Que pesadilla!! Que llegue el día del acto, triunfe y salga a hombros del mismo, que venda toda la edición, que lo reediten, que se retire a escribir, que se haga multimillonario, que me deje en paz de una puta vez!!!