2.8.17

En recuerdo de Agustín Bustamante

En recuerdo de Agustín Bustamante
Aquello fue un salto adelante o mejor, una huida, antes de saber que estaba huyendo. Aquello fue un intento de resituarme antes de quedar completa y absolutamente desubicado, aquello fue un suicidio y una pérdida de tiempo. Un agujero negro, un nadar ahogado en la orilla. Me quedan Luis Sotillos Serrano y Raul Soto EstebanCarlitos Bahía Torres y pare usted de contar. Y muchos, muchísimos recuerdos difusos de tardes en Cantoblanco escuchando entre otras, la voz de Agustín Bustamante García. Ayer, alguien a quien tenía muchísimo aprecio me dijo por aquí que mi vida era un desperdicio. Aunque lo dijo con afán de insultar, y sin saber nada o muy poco de mí, lo clavó si quiero referirme a aquellos años…
Bustamante entraba sin hacer ruido esquivando gente en el aula y se dirigía a su mesa, colaba su libro y los papeles que luego no utilizaba, y empezaba a hablar muy bajito, muy bajito, mientras el silencio se hacía en el aula de manera irreversible. Una vez consumado el milagro del sigilo poco a poco subía el tono y nos dejaba tres cuartos de hora de poesía, erudición y conocimientos trasmitidos con la pedagogía del que no necesita contar su vida y recibidos con la consciencia de saber que era el poco tiempo donde la universidad sirve para lo que debería servir.
Sus clases eran en el aula la visita del Barcelona, no faltaba un abonado en su localidad y acudían incluso los que pasaban el resto de la temporada en los jardines esperando los playoffs para recopilar apuntes e intentar la clasificación a última hora, sabéis de lo que hablo.
Destacaba además por contraste (también sabéis de lo que hablo) por la comparación ante tanta desidia, tanto estomago agradecido, tanto funcionario, tanta inútil pendiente de su puta plaza sin pretender o tener vocación de ganársela en el aula, aparte de en los despachos o en el examen de oposición. Destacaba en la universidad porque ya conocéis lo que es la universidad y me atrevería a decir que la docencia en general en este país. Una manera de ganarse la vida como el que pone tochos o vende zapatillas, aunque los hay que venden zapatillas y ponen más interés que la mayoría de docentes con los que me he cruzado en la vida. Desde la novia que vivía para firmar en cursos a los que no iba, al catedrático al que aquello de la facultad le suponía unos ingresos altos y seguros, y una pereza insalvable ante tener que bajar media hora (esos no cumplían ni el horario) a ver a esos suicidas que pretendían vivir del Arte.
No era el caso de Bustamante, ya os cuento. No eran así unos cuantos de los trabajaban allí. Bustamante, Pereda, Reyero, Colorado, Roldán, Jesusa… y tampoco el abrasivo y poético Fernando Castro por el que me enterado de la muerte de Agustín. Lo poco que saqué de allí, lo poco que conservo son los apuntes de estos nombres. De Bustamante conservo exactamente todas las palabras. Absolutamente todas las que nos decía en sus clases, chascarrillos y chistes incluidos. Muchas veces pensé en comprarme una grabadora y registrar sus clases. No sé si me hubiera dejado, pero ahora me duele no haberlo intentado.
Cuando pasaba aquel rato yo salía de aquella vida que me parecía prestada, y me metía en un Opel corsa rojo que enfilaba para casa a volver a la alienación de un trabajo en un almacén al día siguiente, y esperar que dieran las tres de la tarde para salir corriendo a casa, ducharme y volver a montarme en el coche rumbo a la autónoma sin comer.
En aquella carrera perdí de todo. El amor, el tiempo, e incluso la dignidad en un camping de Conil. Gane (a la larga, no fue fácil) una amistad eterna con Luis, Raúl y Carlos, un papel donde pone que soy licenciado en no me acuerdo qué, y los recuerdos de las clases mágicas de Agustín y de algún otro. De follar poco o nada. De pedales monumentales unos cuantos porque aún se recuperaba uno bien. Entretanto viví un subcampeonato de liga del club Estudiantes (que tampoco fue moco de pavo), unas cuantas giras memorables de Bob, visitas inolvidables de Fernando Garcin cuando aún venia a tocar y recitar a Madrid.
Tarde mucho tiempo en recuperarme de aquello (para decir la verdad aún ando en ello) y ver para qué servía. Opositar a docente y que me firmaran en cursos a los que no iba a ir para ganar créditos, hacer un máster e intentar prorrogar la juerga… no había muchas más salidas. Así que decidí no coger ninguna y que todo siguiera igual. Me equivoque otra vez, pero eso es otra historia. Muy larga y muy personal, que por supuesto les seguiré contando sin prisa. Hoy solo quería homenajear a Agustín Bustamante. Un tipo del que guardo un recuerdo inmejorable.

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